Aunque no dejaban que nos juntáramos con los niños de la acera de enfrente, no podían vigilarnos todo el día. Vladimir y yo nos las arreglábamos, para escaparnos a jugar con los muchachos de la cuartería, algunos, aunque no eran mayores que nosotros, tenían mucho más “calle”. Aprendíamos algo nuevo cada día, sobre todo cosas que tenían que ver con el sexo, algo que ninguna otra persona nos decía. En la casa, mi mamá me repetía, una y otra vez:
—No te mezcles con esos niños de la acera de enfrente, que son todos unos bandidos.
Pero yo no le hacía caso, en esa época y por mucho más tiempo después, percibía a mis padres como mis enemigos, porque siempre se oponían a lo que yo quería hacer. Ese sentimiento me acompañó hasta que, ya mayor, comencé a apreciarlos; comprendí entonces, que era una manera de protegerme. Pero yo, en aquel entonces, cuando me juntaba con los niños del otro lado de la calle, sentía el dulce sabor de lo mal hecho.
Uno de aquellos días, en que nos escapamos Vladimir y yo, nos juntamos con los niños prohibidos, en unas traviesas, que había cerca de la línea. Entonces pasó Luis, un chino, que vivía por allí, que tenía la cara cubierta de acné.
—A ese le salieron granos, por hacerse pajas en la Turbina—dijo uno de los niños mayores.
Nos reímos todos, pero Vladimir y yo, disimulamos, para que los otros niños no se dieran cuenta, de que nos quedamos sin saber de qué hablaban. Después le dije a Vladimir:
—No sabía que había paja en la Turbina, ¿tú la has visto? ¿Será como un bulto de paja?
—¡Yo tampoco sé! nunca vi paja, ¿será paja de caña?
Aquellos niños del barrio vivían en un mundo real al que Vladimir y yo teníamos acceso, solo a través de ellos. Un día, Eugenita, un marimacho que vivía en una casita en la otra acera, sacó una mesita para el portal y la llenó de cosas pequeñas para vender. Tenía cuchillas de afeitar, lápices, sacapuntas, caramelos y cosas así. Vladimir y yo nos acercamos con unas monedas, que yo le había robado a mi mamá de la cartera y nos compramos unas chambelonas. Mientras comíamos el caramelo, Eugenita nos dijo:
—Pepito el cojo, el de la esquina, es mi marido. Bueno, no puedo decir que es mi marido, porque no estamos casados. Pero, miren… —nos dijo, mientras se bajó el escote de la blusa y nos mostró sus pechos, que me parecieron bastante flacos y oscuros, porque ella era negra —Eso me lo hizo ayer en la Turbina, como a las seis de la tarde.
—¿Qué cosa es?—le dije con ingenuidad.
—Son chupones—contestó.
Vladimir y yo nos reímos, pero no le dimos importancia y nos fuimos a mataperrear por el barrio. Entonces se formó un correcorre grandísimo. Comenzaron a pasar muchas personas, algunas venían del barrio de la Zona y otras de en vuelta del pueblo. Preguntamos que qué pasaba, a unos niños sucios, que corrían descalzos.
—Desapareció un hombre de la Zona, desde ayer nadie lo ha visto, le dicen el cojo…
Salimos disparados para la Turbina, antes que los adultos nos lo pudieran impedir. Una muchedumbre había invadido los terrenos aledaños al lago, pisoteando la maleza y arrancando con las manos las malaguetas, que bordeaban el agua sucia. Era una mezcla de la gente multicolor marginal a medio vestir, que caracterizaba a los habitantes de la Zona y la gente blanca que usaba ropa con aspecto limpio y elegante, que venían del centro y de otros barrios. Había muchas mujeres de pechos grandes, muy maquilladas, que caminaban con zapatos de tacón, desafiando aquel terreno desnivelado y fangoso. Vinieron vendedores ambulantes mostrando juguetes artesanales y confituras de todo tipo. Vimos a un hombre vendiendo pirulís y a un fotógrafo ambulante, que siempre estaba en la esquina de La Elegante.
Los estudiantes del instituto invadieron a la hora del recreo, podía identificar la algarabía de las muchachas con las rayitas blancas en la falda. Era un ambiente festivo, que nunca habíamos visto, en aquel lugar, que normalmente la gente usaba para tirar basura, animales muertos o brujerías, liberar lujurias, ajustar cuentas o hacer fechorías, donde los niños cazábamos guajacones. Rápidamente se movilizó una avalancha de gente cuando inesperadamente alguien gritó. Vladimir y yo fuimos de los primeros en llegar, pero resultó que era un gallo muerto.
—¡Corre, vámonos de aquí, que es brujería! —me dijo Vladimir y volvimos al merodeo.
Un hombre que vestía una guayabera muy blanca mordisqueaba un tabaco que balanceaba de un lado a otro de la boca. Dicen que era un concejal. Abrazaba a la gente, mientras el fotógrafo le tomaba retratos. Sobresalía, por encima de todas las cabezas, la de una muchacha rubia muy bonita, que usaba un sombrero tejano, llevaba ropa de vaqueros y montaba un caballo muy lindo. Era Miriam Julie, la hija del americano, que vivía en la calle la Viuda. De repente se formó otra estampida y la nube de gente, se movilizó para el otro extremo. Las camisas blancas del uniforme de los del instituto parecían palomas volando de un lado a otro.
—¡Falsa alarma otra vez!—alguien grito.
El terreno se volvió fangoso con tanto ir y venir de pueblo. Vladimir y yo, ya teníamos fango hasta las rodillas, cuando apareció Juanita, la madre de Vladimir, que dijo que hacía mucho tiempo que andaba buscándonos, nos mandó a volver a casa. Jugando en la sala de la casa de Vladimir, permanecimos a la espera de algún descuido de sus padres, para volver a la Turbina. Entonces vino un policía a la puerta y le preguntó a Juanita:
—¿Usted no vio nada anoche, o ayer por la tarde, a alguien pasar hacia la Turbina?
—No, yo no, yo no vi nada.
—¿Está segura de que no? ¿Quizás vio pasar hacia la Turbina, al ciudadano cojo, con alguien?
—Yo, yo vi… —dije, levantando la mano, como si estuviera en la escuela, los ojos de Vladimir parecían que iban a salirse de sus órbitas.
—¿A quién?—me preguntó el policía.
—A Eugenita… el marimacho que vive ahí enfrente, la vimos en la Turbina.
—Una que vive en aquella casa—confirmó Vladimir con voz temblorosa.
—Y ¿qué estaban haciendo ustedes en la Turbina, a las seis de la tarde?
—Fuimos a hacernos una paja—dije, aún sin saber qué era una paja. El policía soltó una risotada tremenda. Mi mamá y Juanita estaban indignadas. Vladimir no podía ocultar el miedo y su cara, que siempre estaba pálida, lucía cada vez más roja.
Entonces el policía se fue, en dirección a la casa de Eugenita, y mis padres se reunieron con los padres de Vladimir en su casa. Vladimir y yo comenzamos a hablar al mismo tiempo y a apuntarnos mutuamente.
—¿Qué es eso que dijiste, que fueron a hacer ustedes en la Turbina? —me preguntó mi papá.
—¿Y qué es una paja? ¿eh…? es que nos dijeron que Luis el chino se echa pajas en la Turbina.
Entonces los mayores empezaron a reírse. Cuando nos paramos en la puerta, vimos como un policía se llevaba a Eugenita esposada. Regresamos a la casa y mientras mamá nos servía la merienda en el comedor, miré a la sala, y me di cuenta de que al parecer, como ocurría frecuentemente, yo había olvidado cerrar la puerta.
—¡Hay una negra en la sala!—grité.
—¿Una negra en la sala?—dijo mi papá asustado; tomó un bate de beisbol y fue disparado para la sala.
Era Juliana, una vieja larga, que era tía de Eugenita, que había estado llamando a la puerta, pero como no la oíamos, decidió dar unos pasos dentro de la sala.
—Usted perdone—dijo mi papá.
Juliana estaba muy asustada, mamá la invitó a que se sentara y le dio un vaso de agua. Cuando logró hablar, nos dijo que Eugenita, había estado en la Turbina, con Pepito el cojo, que al parecer no era el desaparecido, sino que era otro cojo, pero que no podía decirlo, porque él era casado.
Después que se fue Juliana, un policía se acercó a nuestra casa y le dijo a mis padres:
—Tienen que llevar a los niños a declarar a la unidad.
—¡Tú ves! ¡Por tu culpa! —me dijo Vladimir, que se me reviró, comenzó a hablar incoherencias, tratando de explicar que todo era invento mío, en el momento que estalló una gritería tremenda y una oleada de gente pasó corriendo, en dirección a la Turbina.
—¡Lo encontraron, lo encontraron!… —Alguien gritó. Vladimir y yo fuimos corriendo. Nadie nos paró, aprovechamos que los adultos se pusieron a chacharear. Cuando llegamos a la orilla del lago, vimos como sacaban del agua al hombre que buscaban. Estaba feo, hinchado, morado, enrollado en malaguetas y en un neumático desinflado. Alguien dijo que lo había visto el día anterior, flotando en una goma de camión, fumándose un pito de marihuana y que, antes de ahogarse, ya era muy feo.
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