Freddy entró en el bar del Trocha el día en que se disputaba la copa mundial de futbol de 1966 entre Inglaterra y Alemania. Llegó armado de una vieja banderita alemana en medio de la gran algarabía de los fanáticos, que se disponían a escuchar la transmisión radial del juego en directo desde Londres.
Freddy, más conocido por el alemán, vivía con su madre en una casita vieja cerca de la Turbina. De pequeño, con frecuencia no podía dormir, asustado por el ruido que hacían los comejenes atravesando la madera de las paredes y el de los ratones caminado por el techo de zinc. Una noche, el croar de una rana-toro, de las que pululaban en los pantanos aledaños, le provocó un pálpito de corazón y lloró de miedo.
—Cuando vivíamos en Ruspoli en la casa del príncipe, las paredes no tenían comején y los pisos de madera, de tan pulidos, reflejaban la ropa interior de las mujeres por debajo de la falda. Un día que andaba sin nada abajo, llegó el príncipe y me vio todo.
—¿Todo? ¿Te vio los órganos reproductores? — rieron los dos y después Freddy se durmió.
Su madre le contó que él era tan blanco y rubio porque su padre era un militar alemán, que había sido hospedado por el príncipe de Ruspoli, en su mansión y hacienda naranjera cerca de Ceballos. Mientras crecía, Freddy continuaba con los pánicos nocturnos, que la madre calmaba sentándose en su cama, pasándole la mano por la cabeza y contándole historias inventadas, sobre el padre alemán. Él, fascinado, la miraba con el azul intenso de sus ojos, hasta que de parpados caídos se metía en un sueño de Gestapo, soldaditos y paracaídas alemanes. Leyendo y releyendo artículos del Diario de la Marina y del periódico Patria en la biblioteca, pensó que su padre alemán había venido a Ruspoli para entrenar a los Camisas Negras en la hacienda del príncipe, que era conocido por sus conexiones con el dictador italiano Mussolini. La madre le dijo que su padre había desaparecido un poco después que apresaron al príncipe en 1942, a quien inculparon de apoyar a los Nazi.
—Fue cuando lo de los submarinos alemanes que vinieron a los Canarreos y a los Jardines de la Reina—le dijo.
Un día, cuando tenía 15 años, bajo el sol implacable del mediodía, Freddy se fue a la cafetería Oquendo de la calle Independencia donde trabajaba la madre y le dijo:
—Mamá ¿Me das dinero para la merienda?
—¿Otra vez? —le dijo mientras le daba una peseta que sacó de la caja contadora.
Fredy tomó la moneda y emprendió la marcha hacia Ruspoli, armado de una gorra vieja, caminó los ocho kilómetros que lo separaban del caserío, pero no encontró ni rastro del otrora palacio del príncipe. Los que un día vivieron allí habían desaparecido en diásporas sucesivas provocadas por los desgobiernos, las dictaduras y las hambrunas, que habían azotado la región; los pocos vecinos que encontró, ni siquiera sabían por qué el caserío llevaba el nombre de Ruspoli y se preguntaban por qué él venía a averiguar algo que parecía historia antigua. Algunos recordaban un caserón viejo de madera húmeda y podrida, consumida por el comején, que acabo por sucumbir a un huracán sin nombre, que arrasó también con los naranjos y dejó solo campos que después fueron invadidos por marabú y yerba de guinea.
Para regresar a casa tomó el Gas Car en el crucero de Santo Tomás con la peseta que le dio la madre y se sintió triste mientras miraba los naranjales pasando veloces por la ventana.
<<¡El palacio del príncipe, manda cuero esto!>> pensó.
Freddy creía que su padre, seguramente había alcanzado a nado a uno de los submarinos alemanes que esperaban reabastecerse de combustible cerca de la costa. Sabía que la cuadrilla, organizada por el príncipe, robaba el petróleo en la capital y después un yate de su propiedad, lo repartía a los submarinos nazis.
Durante un viaje a Júcaro, organizado por el instituto, para tirar flores al mar en homenaje a un comandante desaparecido, Freddy se separó de sus compañeros y empezó a preguntarle a todo el que encontraba, tratando de confirmar su historia. Un viejo pescador de cara curtida por la intemperie del mar y del sol despiadado del Caribe, que vivía en una casucha cerca de la costa, arrugó su frente y exprimiendo sus recuerdos le dijo:
—¡Creo que sí! Que yo acerqué a uno de los cayos, a un hombre rubio que no era de por aquí, creo que sí, que fue en la época de los submarinos alemanes—Freddy sonrió con regocijo, ¡por fin había encontrado el trazo de su padre alemán por la zona! Dio las gracias al viejo pescador y cuando ya se disponía a marcharse, este le dio un jarro con agua y le dijo:
—La verdad ahora que me pongo a pensar, no me acuerdo bien, si el hombre rubio vino cuando los submarinos alemanes o fue cuando encalló por aquí una ballena moribunda en los años 40. Sabe, que es que ya tengo la cabeza muy mala.
<<¡Una ballena moribunda, manda cuero esto!>>
Las banderitas de colores se movían con el viento tímido del mediodía en el bar del Trocha. Sentado en la barra, del lado de los hinchas de Alemania Freddy comenzó a beber cerveza tibia entre los saladitos de salchichas de Frankfurt que le ofreció Juanito, el dueño del bar. Le dijo a un negro viejo llamado Charol, que se sentó a su lado, de por qué apoyaba a Alemania. Le contó sobre su niñez en el palacio del príncipe, los pisos donde se podían ver el reflejo de los genitales de las mujeres, de la Gestapo, los Camisas Negras y los submarinos alemanes.
—¿Tú naciste en Ruspoli? Yo trabajé muchos años en la finca naranjera del príncipe, por ahí cerca de Ceballos, hasta que lo metieron en la cárcel por fascista. Después me fui a trabajar en un bayú de la Granja y cuando triunfó la revolución, que prohibieron la prostitución, estuve trabajando por un tiempo en una de las cafeterías Oquendo, donde pusieron a trabajar a las putas, porque eran un montón y no tenían otra cosa que hacer con ella… no servían para otra cosa… ¿Y de quién tu eres hijo?—le dijo Charol.
—Yo soy hijo de Alfred, un alemán que vivía en la casa del príncipe.
—¿Alfred? yo no conocí a ningún alemán llamado así. Al que si conocí fue a un albino de Camajuaní, que era sereno en la finca que se llamaba Alfredo y le decían el vampiro, el tipo era un pichidulce, que preñó como a cuatro o cinco mujeres del bayú de la granja…
Freddy se entusiasmó cuando casi en el último minuto del tiempo reglamentario, su equipo empató el juego. Pero su alegría se disipó con el tercer gol adverso y se derrumbó totalmente cuando inmediatamente después el narrador anunció el cuarto gol de Inglaterra. Frustrado, guardó en el bolsillo su vieja banderita alemana y se escabulló en silencio entre los hinchas de los británicos.
<< Un albino de Camajuaní ¡manda cuero esto!>>
7 Responses
Buen cuento que conecta con la historia de la región
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Buen cuento que conecta con la historia de la región
Gracias!