Muy Católico y Serenísimo Monarca, Don Alfonso XIII, Rey de España y de las Indias:

Con la reverencia debida y el sombrero en la mano, me atrevo —aunque indigno— a dirigirme a Vuestra Majestad, confiando en que la distancia del océano no reste brillo a la verdad que humildemente expongo. Soy Santiago de la Caridad Hernández, nacido en los barracones del Ingenio Resurrección; hijo ilegítimo, pero a todas luces verídico, del difunto José Fernando Hernández y Perdomo, Piña y Armenteros-Guzmán, Tercer Conde de Villamar, mártir de la cicuta y de su propia glotonería por el guarapo de caña. Soy fruto de la relación, no sé bien si voluntaria, entre mi madre, una negra esclava africana, y el susodicho conde.

Vuestra Majestad sabrá que, pese a las adversidades, he mantenido la compostura propia de la nobleza, aun cuando la hija legítima del conde me arrancó un ojo con un miserable tenedor de plata francesa, para saciar su envidia de dedos rechonchos, incapaces de alcanzar mi destreza musical en el clavicordio. He procurado servir a la Corona no con espada —que nunca me dieron— sino con el clavicordio real que heredé por azar del desdén aristocrático, y cuyas notas han resonado en honor de cuanto enviado y alcahuete del Reino se ha dignado visitar nuestras tierras.

Por lo tanto, acudo al trono de Vuestra Majestad, no sin cierta timidez y una pizca de rubor, a solicitar el reconocimiento del título que me corresponde: Cuarto Conde de Villamar. Y si por ventura Vuestra Majestad juzgare impropio concederlo a un mulato tuerto, limpiador de gallineros, ruego al menos licencia para seguir haciendome llamar Conde en las tabernas del lugar, donde el título no suele valer más que un vaso de aguardiente y donde nadie pregunta demasiado por genealogías.

Además de la niña malvada, mi padre el conde tenía un primogénito legítimo, deportado a Cádiz por conspirar contra la Corona, y que por tanto no merece ningún título nobiliario, mucho menos el de la Casa Hernández.

Le ruego que desoiga las voces pérfidas que insinúan que soy hijo del capataz y no del conde; y que tampoco dé importancia al hecho de que soy mestizo, pues según sabe Su Majestad, las mismas malas lenguas murmuran que la reina Carlota de Inglaterra era medio mulata. Porque aquí, serenisimo, el que no tiene de Congo, tiene de Carabalí.

Con el alma rendida y la frente alta —como corresponde a quien reclama lo que sabe que no le darán— me despido, besando los pies de Vuestra Majestad y rogando a Dios que le guarde muchos años, aunque no tantos como los que habré de esperar yo por esta gracia imposible.

De Vuestra Majestad, el más mulato, el más fiel, el más tuerto, y el menos conde de sus súbditos,

Santiago de la Caridad Hernández

En la autodenominada Villa de Villamar, Isla de Cuba, Año del Señor de 1902