El mundo magico de la turbina
A principios de los años 20, en esa región se llevó a cabo una gran excavación para extraer balasto, material que era utilizado en la construcción de la línea del ferrocarril que conectó la zona costera de Júcaro, al sur, con San Fernando, al norte, también conocido como “La Trocha”, un conjunto de fortificaciones erigida por los españoles a finales del siglo XIX para obstaculizar el avance de los insurgentes del este al oeste de la isla. El lago se formó cuando la excavación de la mina de balastro quedó inundada, al quedar al descubierto algunos ríos y manantiales subterráneos. La utilización de grandes motores que intentaron inútilmente dragar la balastrera, dio lugar al nombre de la laguna y también del barrio. El ruido enorme de la gran turbina que fue colocada para extraer el agua era escuchado en los cuatro puntos cardinales de la ciudad: “Es la turbina” decían los pobladores, cuando identificaban el sonido. Más tarde la colección de agua se hizo irreversible, después de la afluencia adicional de las aguas provenientes de fuertes lluvias, causadas por dos huracanes que azotaron la región a mediados de los años veinte.
El mundo mágico de la Turbina
Los personajes de estos cuentos son ficticios,
pero ellos no lo saben
La Turbina tenía su mejor expresión en la Zona, que se encontraba en el extremo norte de la calle Rosario, que era la acuarela del bajo mundo de la ciudad de Costamar. Las bodegas eran establecimientos que se alineaban a lo largo de la Zona, estaban situadas en las esquinas de cada cuadra, vendían víveres diversos durante el día y generalmente tenían un bar donde los hombres bebían ron o cerveza. Los bares de las bodegas continuaban funcionando y vendiendo licor durante la noche. Muchas bodegas tenían una vitrola o traganíquel que, adornado con luces de colores, por el módico precio de cinco centavos, tocaba una canción que se escogía de la lista de discos que contenía. Así, el sonido de boleros melosos, rítmicas guarachas, tangos arrabaleros y trágicos guaguancós provenientes de las vitrolas, combinado con el aliento etílico de los transeúntes y el aroma a orine proveniente de las numerosas cuarterías circundantes, matizaban el paisaje surrealista y multicolor de la Zona. Los transeúntes de la Zona eran casi siempre hombres libidinosos u homosexuales, mientras que en los portalones las mujeres voluptuosas mostraban su mercancía, armadas de altos tacones, vestidos con escotes pronunciados, cintura fina y faldas muy estrechas que acentuaban sus curvas.
El extremo oeste de la calle de la Comadrona desembocaba en la línea del ferrocarril, justo enfrente a la Turbina, la laguna malsana y enorme, que en la época era usada como basurero. Era una calle de tierra, llena de baches, que separaba el bajo mundo del resto de la ciudad de Costamar. En la acera sur de la calle, que quedaba del lado del centro, se alineaban casas sólidas de altos techos, estilo ecléctico y amplios portales, que pertenecían a vecinos económicamente solventes, que eran por lo regular las familias y hombres de negocios que tenían propiedades en la Zona; mientras que, en la acera norte, que quedaba del lado de la Zona, pululaban las cuarterías insalubres, apiladas y hechas de recortes de materiales de construcción, que albergaba una población marginal. Así la calle de la Comadrona era una amalgama de familias blancas y acomodadas de un lado y una población multicolor, hacinada y precaria, plagada de malhechores, prostitutas retiradas y bandidos baratos del otro lado.
