Trespelos

En los años en que los relojes del barrio La Turbina se atrasaban por voluntad propia y los gallos cantaban a destiempo, un hombre flaco, de cabello escaso y espíritu desbordado, recorría las calles cargando al hombro una vara tan larga que parecía rozar las nubes. Le decían Trespelos, porque los cabellos apenas le alcanzaban para un peine imaginario, y aunque el apodo le revolvía la bilis, no podía resistirse al alboroto que provocaba a su paso. El bullicio, pensaba él, es una forma modesta de la gloria.
Oficiaba de deshollinador y limpia techos, aunque él aseguraba, con la solemnidad de un ministro de asuntos celestiales, que lo suyo no era barrer telarañas, sino despejar los caminos del aire. Se le veía casi siempre por la calle República o en la esquina de la secundaria René Ramos, moviendo su vara entre los aleros como si espantara fantasmas.
Afirmaba, sin pestañear, que en 1954 lo había llamado por teléfono el mismísimo General para pedirle, en voz baja y urgente, que desalojara del ayuntamiento a los demonios del desgobierno. Desde entonces, Trespelos vivió convencido de que estaba destinado a ser alcalde, no por voluntad propia, sino por designio sobrenatural. Entre sus primeras órdenes figuraban proezas imposibles: techar el Parque Martí para protegerlo de la intemperie, construir un parque junto al lago de La Turbina, prohibir que las mujeres usaran pantalón y, como colofón de su delirio, obligar a las cabras a llevar ajustador para preservar la decencia pública.
Después del primero de enero del 59, cuando los relojes dejaron de atrasarse y comenzaron a marcar la hora de la Revolución, su lealtad se desplazó con la naturalidad de un río que cambia de cauce. Cambió la gorra de pelotero —que usaba de visera al revés para ver mejor las telarañas— por una verde olivo, regalo, según contaba, de un rebelde que había dormido en su sala durante la Caravana de la Libertad. Desde entonces, se colgaba del cuello collares de Santa Juana, semillas de colores que recogía en los montes y un crucifijo de madera astillada, para que no quedara duda de su militancia en lo divino y lo terrenal.
Decía conocer al comandante, al de verdad, al de barba de calendario, y aseguraba que en cualquier momento lo llamarían para darle un cargo importante, quizás Ministro de las Telarañas o Vicario de los Aires Altos.
Pero Trespelos no era cualquier loco. En los intersticios de su desvarío brotaban frases que dejaban a los vecinos congelados, como si un ángel borracho se le hubiera metido en la garganta. “Los techos son la conciencia de las casas —decía—, por eso no deben tener polvo ni telarañas, porque después uno sueña enredado.” Y la gente quedaba pensativa, atrapada entre la risa y el escalofrío.
Los muchachos del barrio, crueles como sólo sabían ser ellos, le hacían bromas pesadas. Se turnaban para fingir llamadas telefónicas desde alguna esquina polvorienta, gritándole que el comandante lo esperaba al teléfono. Entonces Trespelos soltaba la vara, se cuadraba marcialmente y contestaba al viento: “Sí, comandante, dígame usted.” Y escuchaba, muy serio, mientras los muchachos le ordenaban quitarse la gorra, cosa que jamás hacía, a menos que la orden viniera del alto mando.
En su caminar por el barrio podía escuchar con aparente ira, las voces de los jóvenes que le gritaban “Trespelos tarrú” o bien “Trespelos hijoeputa”. Pero la ira era fingida, porque él parecía disfrutar de esos ratos divertidos.
Aparecía a veces en el banco con cheques que los jodedores le preparaban. Y entonces los banqueros confrontaban grandes dificultades para convencerlo de que no le podían pagar los cheques.
La mayor burla ocurrió cuando le hicieron creer que le habían asignado un automóvil oficial, pero que un alto dirigente del Partido se lo había robado. Trespelos, cuchillo sin filo en mano, fue a increpar al dirigente en plena vía pública y estuvo a punto de que la farsa acabara en tragedia. Dicen que el propio jefe del partido, sudando frío, rogó a los bromistas que abandonaran el juego, aseverando que los locos, en ciertos días, son más peligrosos que los cuerdos.
Así fue como Trespelos se quedó sembrado en la memoria de Ciego de Ávila, entre polvo de techos, collares de Santa Juana y delirios de poder. Un hombre suspendido entre el disparate y la sabiduría, como si hubiera sido fabricado con los mismos materiales imprecisos con que Dios hizo las leyendas del pueblo.
Quien haya vivido allí en aquellos tiempos lo recordará inevitablemente, aunque sea en sueños o en los rincones polvorientos donde todavía cuelgan, invisibles, las telarañas que él no alcanzó a limpiar.
Lo cierto era que Trespelos no podía vivir sin su pueblo ni su pueblo podía vivir sin él.
https://youtu.be/AS4YCmgKO74