El Cristo de la Turbina

Aquel día, como todos los demás, cuando llegó cansado del trabajo en la granja avícola, miró a los ojos de su mujer, pero ella volvió su vista al suelo con tristeza y movió la cabeza hacia los lados.

—Nada—le dijo.

Más tarde, cuando descubrió la vieja imagen de Jesucristo dentro de una gaveta donde almacenaban cosas inservibles, Ramón Planchero vio en su mente la felicidad de Escapulario Grillo, su mujer, la noche en que la había ganado lanzando aros a una botella, en la feria de un circo de mala muerte que había acampado en la Pista Negra. Exhibían un feto con cara de diablo en un frasco de formol, una enana que bailaba desnuda y un ternero con dos cabezas relleno de guata. Ella se emocionó tanto con el Cristo de metal al relieve, que al llegar a su casa enseguida lo colgó en la pared de la sala. La imagen que perdió los colores con el paso de los años, cuando cayó el clavo oxidado donde guindaba, parecía más bien la imagen de un San Lázaro leproso que la de Jesucristo. Después dio tumbos de gaveta en gaveta, porque ella, por respeto, no se atrevió a ponerla en la basura.

Como ganaba muy poco Planchero vendía las guayabas suculentas y los mangos jugosos del patio para sobrevivir. El día que vio la imagen del Cristo descascarada, tuvo la idea ingeniosa de utilizarla para un negocio. Usó el yeso, que le compró a un enfermero que se lo robaba del hospital Iraola, para hacer una pasta con la que rellenó el fondo de la imagen metálica y lo dejó secar al sol. Repitió el lento proceso muchas veces y cuando tenía más de diez figuras, las coloreó con pinturas de aceite multicolores, que había reunido de los conocidos del barrio. Como la primera vez que fundió la imagen le sobró un poco de la mezcla de yeso, hizo unas pelotas, que coloreó para venderlas por el precio de un peso.

Cada día, después de despojarse del olor a pollo insoportable, que traía de la granja, ponía un periódico viejo en la acera con las imágenes del Cristo de yeso. Tinguaro, uno de los adolescentes malhechores del barrio de la Zona, que pasaba en dirección a la Turbina, vio las pelotas de colores y le pidió una:

—La quiero para jugar taco.

—Para eso no sirve —le dijo Planchero.

Pero Tinguaro no le hizo caso y de todos modos se la compró. Más tarde él volvió con un puñado de polvo de colores mezclado con tierra y estiércol, aún con hormigas vivas, y le dijo:

—Mira lo que pasó. Esas pelotas tuyas son una mierda, la primera vez que la bateé, se volvió una boronilla. Me devuelves mi dinero.

—Te dije que no servía como taco. No te puedo devolver el peso, pero te puedo dar una guayaba —le dijo Planchero, sacando una guayaba verde de una jaba de saco que tenía en el suelo.

Cuando Maco vio a su padre vendiendo sus figuras de yeso coloreadas, le dijo:

—Oye, Ramón Planchero, ¿te dio ahora por competir con los pescaditos de oro de Aureliano Buendía? ¿Quién lo diría? De dueño de una lavandería a vender figuritas con la cara de Frankenstein, hechas de yeso robado.

—Tú no sabes, porque tú te sientas a la mesa a comer todos los días y no sabes de dónde sale la comida. No nos alcanza con los huevos que me robo de la granja y ni hablar de la miseria que me pagan.

Entonces llegó Chispa Venegas, que alcanzó a oír alguna palabra de la conversación y le dijo:

—Me da un Frankenstein —y extendió la mano con un peso.

—No es Frankenstein, es Jesucristo —contestó Planchero malhumorado.

En un descuido de Planchero, Escapulario Grillo se armó de su improvisado molde de la cara de Cristo; derritió las astillas de jabón que había acumulado durante meses, en una caja de talco vacía y rellenó el molde con la mezcla. Después que lo puso al sol por un rato, lo sacó del molde y lo colocó en un periódico, al lado de las figuras de yeso de Ramón Planchero.

—Y ahora viene la otra a competir con los animalitos de caramelo que vende Úrsula Iguarán—dijo Maco cuando la vio.

—Tú no te metas, que aquí el único que no tiene ideas para montar un negocio eres tú.

Entonces llegó Chispa Venegas y le compró el Cristo de jabón. Escapulario creía que iba a servirle para adoración a los devotos, pero Chispa lo rompió en varios pedazos y los compartió con sus vecinas de la cuartería, que lo usaron para bañarse y así mitigar la escasez. Escapulario Grillo se dio cuenta del potencial de su negocio y organizó una cuadrilla de negritos del vecindario, que, por una ciruela verde, recogían de casa en casa las astillas de jabón, que ella después fundía y vaciaba en una tartarita de hielo, haciendo jabones cuadrados, porque ya se le había hecho imposible arrebatarle a Planchero el monopolio del molde de Jesucristo.

El negocio de Escapulario Grillo fue un gran éxito, apenas daba abasto para satisfacer la demanda, hasta que una de las compradoras protestó, porque había encontrado un cabello en el jabón.

—Debe ser un pelo de tu marido —le dijo.

—Mi marido es lampiño y calvo, el pelo que encontré era hasta rizado. Me devuelves mi dinero.

—Te puedo dar una fruta, porque el dinero ya no te lo puedo devolver —le dijo, sacando una de las guayabas verdes de la jaba de Planchero, que la miró con recelo.

Entonces ella le dijo a los negritos que no fueran a pedir astillas de jabón a casa de Fidelina, porque su marido era un oso, que tenía pelos hasta en los dientes y le estropeaba su negocio. De todos modos, en lo adelante, se armó de una pinza de cejas y comenzó a sacar los pelos que detectaba en la mezcla de jabón fundido, usando la lupa de filatélico de su hijo Maco.

Más tarde Planchero tuvo la idea de liar cigarrillos, con una pequeña máquina que inventó usando las tablas viejas de una caja de queso crema y un pedazo de lona tomada de la pata de un pantalón viejo, que Escapulario había convertido en bermudas. Pero como el suministro de tabaco y de papel seda era insuficiente, se le ocurrió hacer picadura usando hojas secas de guayaba, que rociaba con agua azucarada antes de dejarlas al sol. Suplió la falta de papel con trozos del papel sedoso de la revista Carta de España, que recibía su hijo.

—¿Y eso qué cosa es? ¿Son cigarros españoles? —preguntó un hombre que se acercó al ver un cigarro con una inscripción que decía “La verbena de la paloma”.

—Son cigarros Túpac-Amaru, que son muy buenos.

El hombre compró uno, lo encendió y se marchó, dejando tras de sí un humo negro que olía a guayabas quemadas. Ramón Planchero continuó perfeccionando sus cigarrillos de hoja de guayaba, a pesar de las constantes quejas de Escapulario Grillo, quien encontraba las pocas camisetas que le quedaban, quemadas por las llamas que desprendían los tabaquitos al encenderse.

Un día finalmente, cuando Ramón Planchero regresó del trabajo, su esposa le mostró, sin alegría en el rostro, el telegrama que habían esperado durante cuatro años.

Cuando se levantó en la mañana, él se extrañó de verla sentada en la sala.

—No te voy a dejar solo en este paso. ¡Voy contigo!

Esperaron su turno en la larga cola del Ministerio del Interior.

—No es error—les dijo el miliciano— a su hijo no se le permite salir del país. Ya tiene 15 años y tendrá que cumplir con la patria en el servicio militar obligatorio. Ustedes pueden irse para Miami, pero él se queda en el país hasta que cumpla 27.

—Nos quedamos todos—dijo ella con voz firme.

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