La Bizca

Se rumoraba que, desde tiempos inmemoriales, existía en el barrio de La Zona una hermandad formada únicamente por hombres ancianos: la Cofradía de la Turbina.
Sus reuniones —de las que nadie hablaba sin bajar la voz— se celebraban en el Salón de los Muertos del Instituto de Segunda Enseñanza ICA, un recinto húmedo y sin ventanas que parecía olvidado en el tiempo.

El «consejo», guiaba el rumbo de la cofradía y, de paso, el de la vida espiritual de la Turbina. Estaba formado por los seis miembros más venerados, electos cada cinco años, pero, una vez sentados, el asiento era vitalicio: el cargo solo terminaba con la muerte.

Pocos sabían, sin embargo, que a la sombra de aquella cofradía masculina operaba un consejo paralelo de mujeres espiritistas, conocidas como «Las Turbulentas», encargadas de orientar, corregir y advertir a los cofrades cuando los presagios de los vivos se enredaban con los muertos.

Aquel círculo femenino era tan secreto que solo las santeras que ocupaban uno de los doce escaños —asientos ceremoniales reservados para iniciadas de alto rango— conocían su existencia. La presidenta vitalicia del consejo era la santera Macorina, mujer venerada por los vivos, temida por los muertos y respetada por la mismísima Madre de Aguas, cuyo nombre no era pronunciado por quienes la veneraban y a quien casi siempre se referían simplemente como «ella».

—Coño, mamasita… yo me lo merezco —la confrontó La Bizca una mañana, con una voz masculina reseca de aguardiente y humo de tabaco—. Tengo que ser la vicepresidenta de las Turbulentas, tu lugarteniente, ¡algo grande!

Macorina levantó una ceja.

—¿Y tú cómo te enteraste de Las Turbulentas?

—¡Para algo sirve oír detrás de las puertas! —respondió La Bizca sin rubor—. Te oí esta mañana, cuando estabas rezando. Yo tengo que ser la segunda al mando aquí. Además, tú sabes que a mí la gente me tiene pánico. Yo te puedo defender de lo que sea.

Macorina le contestó dándole golpecitos secos con la penca de guano, con la ceremonia de una sentencia:

—Bizca, mi santa, no puedo. Tú tienes muy mala reputación. Tienes más muertos encima que la Madre de Aguas, y así no hay quien te defienda.

Primero tienes que hacerte una limpieza profunda, con Yemayá con testigos. Vete para Guanabacoa. Que te vea todo el mundo. Vuelve vestida de blanco, con tus collares… nadie va a saber que tú eres tortillera.

La Bizca enderezó los ojos.

—Ay, mami… ¿y cómo carajo se va a olvidar la gente de que soy tortillera? Si yo he hecho cuadros de tortilla hasta para el alcalde.

—No sé… échate un marido —soltó la santera, como quien manda.

—Ay no, a mí los hombres me dan urticaria. ¡Y yo sin Elvirita no puedo vivir!

—Entonces dile a Elvirita que se vista de macho y listo.

La Bizca negó con fuerza.

—Elvirita es muy puta para disfrazarse de hombre. Tú sabes cómo es ella…

Macorina suspiró y cambió de estrategia, como hacen las santeras cuando el camino directo se cierra.

—Mira, esta idea es mejor. Tú te vas para Guanabacoa. Llegas vestida de hombre. Te pones un bigote postizo, te afeitas esas barbucias para que te crezcan más con pelos duros; hazte el macho. ¡Ayúdate, Bizca! Y, mejor todavía, te tiras para la Turbina montada en una goma de camión, fumándote un pito de mariguana, que te vea todo el mundo. Vas a ser como esos tipos que se traga la Madre de Aguas. Y entonces desapareces.

—¿Y Elvirita?

—Que te espere en la estación del Santiago-Habana, con tu maleta. Te vas para Guanabacoa convertido en macho santero, y luego vuelves transformada, renacida, reencarnada… Serás el Santero Bizco: vestido de blanco, con tu bigote y tu aura de misterio.

La santera levantó las cejas, satisfecha.

—Así lo verá la gente y se lo van a creer, porque lo voy a decir yo. Y a mí la gente me oye. Yo presiono a los de la Cofradía para que te nombren. Les diré que eres muy sabio, que fuiste profesor de la Universidad de las Sombras Ocultas de Bélgica, en la ciudad de Brujas. Tú solo tienes que poner cara de científico.

La Bizca, en su lugar, puso cara de tragedia griega.

—Ay, mamita… ¿y cómo carajo hago eso si lo único que sé es robar y tomar ron?

Macorina la tomó de las manos.

—Porque yo necesito influir en esa Cofradía de viejos cagalitrosos. Nos están arrinconando a las mujeres. Tiene que haber alguien que defienda a las putas de La Zona. Y esto será una obra más de la Madre de Aguas. Porque ella no puede dar solo muerte: también tiene que desatar la vida, el goce y la felicidad del pueblo, incluidas las putas, que también son pueblo.

La Bizca puso manos a la obra de inmediato, para ejecutar el plan de Macorina. Consiguió una recámara de camión ya inflada y un par de pitos de mariguana, y al anochecer se dirigió al lago de la Turbina, rodeada por un motón de niños descalzos que corrían a su alrededor con bullicio de desfile de circo.

Pasó a lo largo de la calle del Rosario y dobló por la calle de la Comadrona, saludando a todo el mundo, tratando de darle a sus palabras un tono de despedida, como quien se va sin decir que se va.
Lo que estaba haciendo, sin embargo, era algo que normalmente los hombreas hacían a a escondidas, siempre con cuidado de no levantar sospechas.

Fumar mariguana flotando en la Turbina era una de las formas más seguras de consumir una droga ilegal. Los hombres que fumaban repetidamente en el lago, sin ser tragados por la Madre de Aguas, acababan convertidos en santeros respetados por los vecinos. Aquella prueba silenciosa era considerada el primer paso para ingresar en la Cofradía de la Turbina.

La Bizca tembló cuando, al final de su recorrido, estrechó la mano de los últimos vecinos, ya cerca de la orilla sur del lago, subiendo por la calle Los Botijos hasta la línea. La procesión de niños que la seguía había crecido tanto que aquello parecía más un viacrucis que el acto vandálico que simulaba ser.

Al llegar al agua, los niños empujaron la recámara y ella saltó, sentándose en el hueco central, apoyando las corvas y la espalda contra los bordes del neumático. Desde el otro lado de la Turbina, Elvirita vigilaba. Al divisarla ya en el agua, se retiró con una maleta pequeña que contenía las pocas pertenencias de ambas para el viaje planeado a Guanabacoa.

La Bizca encendió el primer pito y se alejó de la costa empujando la recámara con los pies. Los niños aplaudían.
De pronto, el cielo se cerró en una tormenta negra y comenzaron unos truenos que estremecieron las palmas. Los niños huyeron corriendo para aprovechar la lluvia bajo el chorro que caía en el pasillo de Lulú, donde se deslizaban de barriga sobre el piso liso y encharcado.

Al principio, La Bizca pensó que aquella lluvia tenaz podía convenirle, aunque no la hubiera previsto. Pero los rayos que caían cerca del lago y el viento que batía en remolinos le apagaron el pito de mariguana y comenzaron a mover la recámara, que pronto perdió por completo el rumbo que ella había calculado. Estaba trastornada por la yerba que se había fumado que ya se le había subido a la cabeza.

La tormenta parecía un castigo de la Madre de Aguas, ofendida por la pretensión de embuste que había guiado los actos de la Bizca: posar como mártir ante los ojos del barrio. El viento la empujó hacia el norte y ella, que ya estaba endrogada y que había aprendido a nadar en un curso por correspondencia, no se atrevió a lanzarse del neumático para alcanzar la orilla.

Cerró los ojos.
Cuando los abrió, vio con claridad a la serpiente arremolinándose entre las malanguetas y los hierros viejos del fondo del lago. «es ella» pensó.

Pero entonces una fuerza desconocida la succionó hacia abajo. «Me voy a convertir en santa y voy a desplazar a Macorina», siguió elucubrando en su mente obnubilada.

Comenzó a rezar en yoruba:

—Kí Ọlọ́run bù kún Yèyé Omi, ìbùkún rẹ kì í pé kúrò lórí wa, Àṣẹ. «Que Dios bendiga a la Madre del Agua; que su bendición nunca se aparte de nosotros. Ashé.»

Fue arrastrada dentro de un tubo de concreto que le pareció interminable, se apretó la nariz con los dedos sin atreverse a cerrar los ojos, esperando la luz al final del túnel.

«Voy a morir, ay, Madre de Aguas, perdóname por el engaño. No quiero ser mártir. Solo quería que la gente me creyera santa. Si me salvas, te juro que te seré fiel para siempre. Àṣẹ, madre santa».

La corriente siguió empujándola con fuerza a través del tubo. Cuando vio la luz al final del túnel, pensó que iba a ver ángeles, pero no era la luminosidad de la muerte. En cambio, se encontró flotando en el charco apestoso de la cañada sur, donde desembocaba el aliviadero de la Turbina, lleno de agua malsana mezclada con heces y orines provenientes de la perrera municipal del terreno contiguo. La Bizca se arrastró y quedó tendida en el suelo, seminconsciente, había perdido la noción del tiempo.

Elvirita, cansada de esperar en la terminal de Santiago-Habana, regresó a La Zona y fue directo a casa de Macorina.

—Tenía esperanzas de que me trajeras buenas noticias, Elvirita —dijo la santera—, pero al parecer ha ocurrido una desgracia. El hombre que dejé cerca de la Turbina para ayudar a la Bizca a salir del agua, me dijo que ella se perdió en el remolino.

Elvirita no respondió.
Se limitó a abrazar a Macorina y a llorar.

Tercera parte · versión editada

La noticia del supuesto ahogamiento de La Bizca en la Turbina se extendió primero por La Zona y luego por toda la ciudad de Costamar, como se corren las voces de los chismes y las desgracias ajenas, que todo el mundo disfruta pero que a nadie le interesa confirmar.
Esa misma noche se organizó la búsqueda con la cuadrilla de antorchas, tal como dictaba la costumbre cada vez que alguien era tragado por la Madre de Aguas y que después ella devolvía.

Pero de esta vez no encontraron nada.

Pasaron los días y Macorina, con ese instinto suyo para fabricar leyenda donde solo había vacío, mandó a colocar en la ribera del lago los restos de un chivo sacrificado en uno de sus rezos. Le ató al cuello todos los collares que encontró, sin preocuparse por el orden ni el sentido, solo por la apariencia necesaria.

Cuando el peine de vecinos de La Zona dio con los restos del chivo, Macorina alzó las manos al cielo y declaró que correspondían a La Bizca, pues ella reconocía sus collares y no necesitaba más pruebas.
Los restos fueron colocados en un cajón y, sin pérdida de tiempo, Macorina convocó a la Cofradía para reunirse en el Salón de los Muertos, con el fin de elevar a la desventurada.

Rodeados por el círculo de antorchas, los restos fueron cremados en medio de la calle del Rosario. El olor a chivo chamuscado se esparció por toda la región, y al final las cenizas de La Bizca fueron depositadas en una vieja caja de talco y llevadas al Salón de los Muertos.

Macorina pidió audiencia al «consejo» de la Cofradía para que se le permitiera la entrada al recinto, donde se decía que la única mujer admitida con anterioridad había sido la Madre de Aguas, el día en que le entregó a Chicho, el bibliotecario, el relicario sagrado donde este guardaba la llave del pasadizo.

Macorina entró descalza.
Encendió un tabaco y dejó que el humo llenara el recinto antes de hablar. Depositó la caja con las cenizas junto al león disecado y dijo, sin elevar la voz:

La primera señal fue el agua.
El balde amaneció lleno sin que nadie lo hubiera tocado.

La segunda fue el tabaco:
encendido hasta la mitad, recto, sin torcerse.

La tercera fue más seria:
un niño enfermo durmió toda la noche y despertó con hambre.

Entonces Macorina dijo lo que había que decir:

—Esa muerta está caminando.

El anciano más venerado de la Cofradía, sin ceremonia ni consulta, afirmó lo evidente:

—Esa muerta ya tiene asiento.

Se acordó, sin levantar la voz:
que La Bizca tiene asiento;
que se le pone vaso aparte;
que no se le promete, se le cumple;
que no se le reza, se le avisa.

De regreso a casa, Macorina mandó a buscar a Elvirita y le pidió que hiciera muñecas de trapo con los ojos torcidos, que ella comenzó a vender por el precio de un peso. Elvirita no daba abasto: la gente las compraba para llevar en el bolsillo o para colgarlas detrás de las puertas como resguardo. Las pequeñas Bizcas se vendían como pan caliente.

Mientras tanto, La Bizca se recuperaba en casa de una viudita que la había recogido de la orilla de la cañada. Le limpió las trencitas que tenía incrustadas de mierda de perro y el roció el cuerpo que había sido bañado en agua de albañal, con extracto de plantas perfumadas. La viuda, una benefactora de animales, recorría las perreras del país rescatando perros callejeros.
La Bizca pensó en volver enseguida a La Zona, pero la viuda se encariñó tanto con sus favores que se la llevó primero a la capital y luego a México.

A su regreso, La Bizca —ya con nostalgia de la Turbina y de La Zona— mandó un telegrama a Macorina que decía:

«Macorina, estoy listo para regresar hecho todo un hombre.
Prepara a Elvirita».

Y firmaba:

«El Bizco».

Macorina le respondió con otro telegrama, más corto y definitivo:

«Bizca, mija, ni te aparezca, ya pariste Ocha.
Y Elvirita se buscó un marido.
Esfúmate».

Y firmaba:

«Macorina».

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