Decía conocer al comandante, al de verdad, al de barba de calendario, y aseguraba que en cualquier momento lo llamarían para darle un cargo importante, quizás Ministro de las Telarañas o Vicario de los Aires Altos.
Pero Trespelos no era cualquier loco. En los intersticios de su desvarío brotaban frases que dejaban a los vecinos congelados, como si un ángel borracho se le hubiera metido en la garganta. “Los techos son la conciencia de las casas —decía—, por eso no deben tener polvo ni telarañas, porque después uno sueña enredado.” Y la gente quedaba pensativa, atrapada entre la risa y el escalofrío.
Los muchachos del barrio, crueles como sólo sabían ser ellos, le hacían bromas pesadas. Se turnaban para fingir llamadas telefónicas desde alguna esquina polvorienta, gritándole que el comandante lo esperaba al teléfono. Entonces Trespelos soltaba la vara, se cuadraba marcialmente y contestaba al viento: “Sí, comandante, dígame usted.” Y escuchaba, muy serio, mientras los muchachos le ordenaban quitarse la gorra, cosa que jamás hacía, a menos que la orden viniera del alto mando.
En su caminar por el barrio podía escuchar con aparente ira, las voces de los jóvenes que le gritaban “Trespelos tarrú” o bien “Trespelos hijoeputa”. Pero la ira era fingida, porque él parecía disfrutar de esos ratos divertidos.
Aparecía a veces en el banco con cheques que los jodedores le preparaban. Y entonces los banqueros confrontaban grandes dificultades para convencerlo de que no le podían pagar los cheques.
La mayor burla ocurrió cuando le hicieron creer que le habían asignado un automóvil oficial, pero que un alto dirigente del Partido se lo había robado. Trespelos, cuchillo sin filo en mano, fue a increpar al dirigente en plena vía pública y estuvo a punto de que la farsa acabara en tragedia. Dicen que el propio jefe del partido, sudando frío, rogó a los bromistas que abandonaran el juego, aseverando que los locos, en ciertos días, son más peligrosos que los cuerdos.
Así fue como Trespelos se quedó sembrado en la memoria de Ciego de Ávila, entre polvo de techos, collares de Santa Juana y delirios de poder. Un hombre suspendido entre el disparate y la sabiduría, como si hubiera sido fabricado con los mismos materiales imprecisos con que Dios hizo las leyendas del pueblo.
Quien haya vivido allí en aquellos tiempos lo recordará inevitablemente, aunque sea en sueños o en los rincones polvorientos donde todavía cuelgan, invisibles, las telarañas que él no alcanzó a limpiar.
Lo cierto era que Trespelos no podía vivir sin su pueblo ni su pueblo podía vivir sin él.
Acabo de leer este cuento.Se respira nostalgia y ternura.Precioso
Siempre grato que disfrutes de los cuentos. Gracias
Me encantó. Es como volver a la infancia y juventud . Aquellos tiempos, a oesar de los pesares , eran mejores
Gracias! Es siempre grandioso recibir tus comentarios.